por Pipo Fisherman 04-09-25
“El último round”
El debate televisivo de anoche dejó en claro que, más que un cruce de ideas, lo que vimos fue un muestrario de estilos: desde la lectura con piloto automático hasta la verborragia militante, pasando por la sobreactuación centrista y la frontalidad de izquierda.
El candidato oficialista, aferrado al guion como a un salvavidas, se desmoronó en cuanto le sacaron los subtítulos. Terminó confesando en voz alta lo que todos veíamos: “no soy un orador”. Traducción simultánea: tampoco será una espada en el Concejo, sino otra mano levantada en automático al servicio del oficialismo.
El centrista debutante, con dicción cuidada y discurso “pulido”, no logró esconder la sombra del ex–caudillo familiar: cada frase llevaba el perfume añejo de la factoría doméstica, incluidos los errores de manual.
El camporista, en cambio, se tomó tan en serio la campaña provincial que parecía postularse a Diputado antes que a concejal. Local, lo que se dice local, poco y nada: la tribuna era más importante que la plaza.
Y fue la candidata de izquierda la que se movió más cómoda en la cancha: directa, combativa, incómoda para el oficialismo. Cada vez que cruzaba al candidato del gobierno, lo dejaba sin aire, atrapado entre sus titubeos y la imposibilidad de defender con dignidad una gestión cada vez más cuestionada.
Entre las postales que dejó la campaña, hay una que merece un lugar especial en la vitrina del oportunismo político local. El ex intendente —tantas veces desairado, desacreditado y hasta humillado por el mismo oficialismo que hoy corre a servir— decidió mostrar al mundo que todavía existe su tropa, aunque apenas pueda llenar un living con sillas desparejas.
En la foto, rodeado por un reducido grupo de militantes de su ya casi extinguido partido Entre Todos, asegura estar “elaborando estrategias” para acompañar al gobierno en la campaña. Una puesta en escena que más parece grupo de autoayuda que mesa política, pero que sirve para confirmar lo evidente: el ex jefe comunal se aferra a lo único que le queda, la servidumbre voluntaria. Todo esto, claro, sin que se note retribución alguna. Ni cargos, ni promesas, ni siquiera un guiño público del oficialismo, que todavía parece considerarlo un convidado de piedra.
La imagen del abrazo entre el intendente y Luna, captada en pleno festejo por la reelección, no es solo un gesto efusivo: es la postal de un pacto que todavía incomoda. Porque no se trataba de un simple vecino felicitando al ganador, sino del responsable de las cooperativas hoy suspendidas que se llevaron millones, y que en aquel momento ya habían sido puestas al servicio del oficialismo como fuerza de campaña. El 2025 parece repetir la historia: nuevamente se habla de cooperativistas “prestados” para militar por el gobierno local, como si nada hubiera pasado. Una devolución de favores que desnuda la persistencia de un engranaje aceitado entre la política y esas estructuras opacas. Lo escandaloso no es solo la foto del pasado, sino que, con las cooperativas aún suspendidas, el mecanismo siga en funcionamiento como si fuera parte natural del manual de campaña.
Y para el broche de oro de esta campaña, el Intendente eligió victimizarse en un espacio radial por la existencia de cuentas en redes sociales que osan criticarlo a él o a su gestión. El dedo acusador apuntó, puntualmente, a la cuenta de esta página. Lo curioso es que esa cuenta —que lleva el nombre del columnista— se limita, casi siempre, a difundir las columnas publicadas o promocionar contenidos propios. Sí, a veces aparecen posteos sobre hechos de actualidad, pero siempre sobre bases verificables: documentos legítimos e irrefutables, o noticias de dominio público que se usan como marco para ilustrar un tema. Nunca más que eso.
Lo risueño es escuchar al Intendente hablar de “personas escondidas detrás de una cuenta” para evitar el debate, como si se tratara de un descubrimiento indignado. ¿Acaso ya se olvidó de “El Pibe Pringlense”? Esa usina anónima que su propio espacio alimentó durante años para extorsionar, escrachar, inventar datos y operar a mansalva, hasta que el oficialismo se acomodó en el poder y, milagrosamente, el tal “Pibe” desapareció de la escena. Quizás, antes de enojarse con un puñado de posteos comprobables, convendría repasar la hemeroteca de su propio prontuario digital.
Desde aquí lo invitamos, a él y a quien se sienta interpelado, a leer la página de inicio de este sitio. Allí se explica con claridad qué hacemos y por qué: no venimos a “debatir” en los términos que él pretende, sino a observar, mostrar, cuestionar y denunciar. Lo que “El Pibe” nunca hizo. Y lo que, parece, tanto molesta que alguien haga ahora.